Este 1ro de mayo, caminemos con la juventud
2026-05-01T18:09:05.000-04:00
Como comisionada electoral, con frecuencia me preguntan por la baja participación de la juventud en los procesos electorales. Pero esa pregunta, tal como se formula, parte de una premisa equivocada.
Resulta difícil sostener que la juventud es apática mientras mantiene una huelga activa en la Universidad de Puerto Rico. La contradicción es evidente: no estamos ante una generación desinteresada, sino ante una generación que ha decidido hacerse escuchar fuera de los canales tradicionales.
La respuesta no está en la apatía, sino en una ruptura más profunda: la desconexión con las estructuras tradicionales de poder. Lo que algunos interpretan como desinterés es, en realidad, una forma de distancia crítica frente a instituciones que, durante demasiado tiempo, han fallado en representar a amplios sectores del país.
Primero, hay que desmontar una idea cómoda: que la juventud no participa. El joven en Puerto Rico sí participa, pero lo hace desde otro lugar. Es una generación que ha crecido en medio de crisis acumuladas, económica, política, social, y que ha visto cómo las promesas se repiten mientras las condiciones de vida se deterioran. Esa experiencia ha producido algo poderoso: una conciencia crítica. No se trata de indiferencia, sino de escepticismo informado. No es apatía; es desconfianza ganada.
Esa conciencia crítica incomoda. Porque no se traduce en lealtades automáticas ni en obediencia a estructuras partidistas. La juventud cuestiona, exige, incomoda. No compra narrativas sin examinarlas. Y eso, en un país donde la política muchas veces se ha construido sobre la costumbre y la fidelidad ciega, resulta disruptivo.
Segundo, la forma de participación ha cambiado. Ya no pasa exclusivamente por las instituciones formales. La juventud se organiza de manera horizontal: en redes, en colectivos, en espacios comunitarios. Construye desde la colaboración y no desde la jerarquía. Se moviliza por causas concretas, no por líneas partidistas. Y en ese proceso redefine lo que significa hacer política.
Lo que algunos insisten en llamar desinterés es, en realidad, un rechazo consciente a la politiquería que ha erosionado la confianza pública. Es una respuesta a una crisis de representación que no comenzó ayer, pero que hoy es imposible de ignorar. Cuando las instituciones fallan en reflejar las necesidades del país, la gente, y particularmente la juventud, busca otras formas de hacerse escuchar.
Por eso, lo que vemos en la universidad no es un evento aislado. Es un síntoma. Es la manifestación visible de una generación que se niega a aceptar como normal la precariedad, el abandono y la falta de futuro claro. Es una generación que entiende que el silencio también es una forma de complicidad, y ha decidido no ser cómplice.
Pero este reclamo no puede quedarse encapsulado en los portones de un recinto. Tiene que encontrarse con otras luchas que atraviesan el país: con nuestros retirados que defienden sus pensiones, con las comunidades que resisten el abandono, con quienes todos los días enfrentan las consecuencias de decisiones tomadas sin su participación.
Este primero de mayo, día de lucha, de memoria y de solidaridad, tenemos que decidir de qué lado estamos. No como espectadores, sino como país.
Porque aquí hay una oportunidad que no podemos desperdiciar. La juventud no está pidiendo permiso para existir políticamente; está ejerciendo ese derecho. La pregunta es si el resto del país va a responder.
No se trata de romantizar la protesta ni de idealizar a una generación. Se trata de reconocer que, en medio del desgaste institucional, hay sectores que todavía creen en la posibilidad de transformar, y que están dispuestos a hacer el trabajo que esa transformación exige.
La historia nos enseña que los momentos de cambio no surgen de la comodidad, sino de la incomodidad organizada. Hoy esa incomodidad tiene rostro joven. Tiene voz. Tiene claridad.
La pregunta no es si la juventud va a cambiar el país.
La pregunta es si el país va a tener el valor de cambiar con ella.

